Published On: Mar, May 16th, 2017

Su matrimonio estaba al borde del desastre, pero ESTA única pregunta lo cambió TODO

Richard Evans es un reconocido escritor estadounidense con más de 25 novelas publicadas. Como todo escritor prolífico, parte de su carrera profesional la ocupa los constantes viajes que debe hacer a través de todo el país para hablar y publicitar su  trabajo.

Esto le llevó a que la relación con su esposa Kerri se deteriorase. Milagrosamente, justo cuando el matrimonio estaba al borde del desastre, Richard tuvo una especie de revelación que le hizo cambiar de mentalidad y salvar su matrimonio.

Sigue leyendo para comprobar cuál fue el secreto que salvó el matrimonio de Richard:

Mi hija mayor, Jenna, me dijo no hace mucho tiempo: “Uno de mis mayores temores cuando era niña era que mamá y tú os divorciaseis. Cuando cumplí los 12 años, llegué a la conclusión de que las peleas eran tan constantes que sería mejor que os separaseis”. Luego, con una sonrisa me dijo: “Me alegro de que os dieseis cuenta a tiempo”.

Durante años, mi esposa Keri y yo discutíamos diariamente. Realmente no sé que es lo que nos llevó a casarnos, puesto que nuestras personalidades no coinciden en nada. Cuanto más tiempo llevábamos casados, más radicales parecían ser nuestras diferencias. Que yo encontrara la fama y la fortuna no hizo que nuestro matrimonio fuese más llevadero. De hecho agravó todos nuestros problemas.

La tensión que había entre nosotros aumentó hasta tal punto que los viajes que debía hacer para promocionar mis trabajos se convirtieron en una vía de escape. Nuestra constante lucha se hizo tan intensa que parecía imposible poder arreglar la situación. Siempre estábamos a la defensiva y olvidamos los sentimientos que una vez sentíamos el uno por el otro. Nuestro matrimonio estaba al borde del desastre, la idea del divorcio iba creciendo con el tiempo.

Entonces, un día, mientras estaba en mitad de una gira promocionando una de mis novelas, tuve una especie de revelación. Justo antes había vuelto a discutir con mi mujer por teléfono. Me sentía completamente solo, frustrado y enfadado. Había llegado a mi límite. Llegados a ese punto dejé todo en manos de Dios. No se si podría llamarlo oración, porque gritarle a Dios no es ninguna oración, pero sea lo que sea, nunca olvidaré lo que sucedió.

Yo estaba de pie en la ducha del hotel gritando a Dios que me diese una solución. Por mucho que odiase la idea del divorcio, seguir juntos era demasiado doloroso. Estaba completamente confundido, no lograba entender cómo mi matrimonio se había convertido en algo tan difícil. En el fondo, yo siempre supe que Keri era buena persona, yo también me consideraba buena persona, entonces, ¿por qué no funcionaba? ¿Por qué me había casado con alguien tan diferente a mí?

Finalmente, completamente roto y hundido me senté en la ducha y lloré como un niño. Entonces, de repente, tuve una revelación, una especie de inspiración que me llevó a pensar con toda certeza que no podía cambiar a Keri. No debía cambiarla. Solo podía cambiar yo.

Recé mucho. Recé toda la noche. Recé al día siguiente mientras tomaba un vuelo a casa. Recé mientras entraba por la puerta y me acercaba a una esposa fría que a penas me reconocía. Esa noche, cuando estábamos acostados en la cama, separados apenas unos centímetros pero que parecían ser kilómetros, supe que hacer.

A la mañana siguiente, estando aún en la cama, me acerqué a Keri y le pregunté: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

Keri me miró enfadada. “¿Qué?”

Yo: “¿Cómo puedo mejorar tu día?”

“No puedes”, dijo ella. “¿Por qué me lo preguntas?”

“Porque lo digo en serio”, dije. “Sólo quiero saber qué puedo hacer para mejorar tu día”.

“¿Quieres hacer algo? Ve y limpiar la cocina. Me dijo cínicamente.

Ella probablemente esperaba que me enfadara. Yo, en cambio, solo asentí, me levanté y limpié la cocina. Al día siguiente le pregunté lo mismo. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

Sus ojos se estrecharon, “Limpia el garaje”.

Inspiré profundamente, me esperaba un día muy ocupado, y yo sabía que ella lo había dicho para sacarme de quicio. Aún así, en lugar de estallar asentí, me levanté y limpié el garaje durante las siguientes dos horas. Keri ya no estaba segura de qué pensar. Llegó la mañana siguiente. “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“¡Nada!”, dijo ella. “No puedes hacer nada. Por favor, deja de decir eso.”

“Lo siento”, le contesté. “Pero no puedo. Me comprometí conmigo mismo. ¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“¿Por qué haces esto?”

“Porque me preocupo por ti y por nuestro matrimonio”.

A la mañana siguiente pregunté de nuevo. Y el siguiente. Y el siguiente. Entonces, uno de los días de la semana ocurrió un milagro.

Mientras le hacía la pregunta, los ojos de Keri se llenaron de lágrimas. Segundos después, rompió a llorar. Cuando pudo hablar, dijo: “Por favor, deja de hacerme esa pregunta. Tú no eres el problema. Yo soy. Soy muy problemática. No sé cómo estás aún conmigo.”

Entonces le levanté suavemente la barbilla hasta que pude mirarla a los ojos. “Es porque te amo. ¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“Yo debería estar preguntándote eso”, dijo ella aún en entre sollozos.

“Deberías”, le contesté, “Pero ahora no. Ahora mismo, necesito cambiar yo, necesito que sepas todo lo que significas para mí”.

En ese momento ella puso su cabeza contra mi pecho. “Siento haber sido tan mala.”

“Te amo,” le digo.

“Te amo,” me contesta.

“¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”

“¿Podríamos pasar algo de tiempo juntos?” Me dijo mientras esbozaba una sonrisa.

“Me encantaría”, sonreí.

Continué realizándole la misma pregunta más de un mes. Las situación que había entre nosotros cambió por completo. Las discusiones se acabaron. Keri comenzó a preguntarme ¿cómo podía convertirse en una mejor esposa?

Los muros que una vez hubo entre nosotros se derrumbaron. Comenzamos a tener conversaciones en las que discutíamos que esperábamos de la vida o cómo podíamos ser más felices. Mentiría si dijese que nunca volvimos a discutir, sin embargo, el tono de estas peleas cambió por completo. No queríamos hacernos daño el uno al otro.

Llevo casado con Keri más de 30 años. Amo a mi esposa, me gusta, me encanta estar a su lado, la deseo, la necesito. Muchas de nuestras diferencias se han convertido en fortalezas y las que aún quedan no nos importan. Hemos aprendido a cuidarnos el uno del otro, y lo que es más importante, hemos recuperado el deseo de hacerlo. Tener a alguien que te acompañe en la vida es un privilegio extraordinario.

La pregunta que toda persona que se encuentre en una relación debería ser: “¿qué puedo hacer para mejorar tu vida?” Eso es amor. El amor verdadero no es desear a una persona, sino desear su felicidad, a veces incluso a expensas de la nuestra. El amor verdadero hace que aumentemos nuestra tolerancia e intentemos por todos nuestros medios buscar el bienestar de otra persona.

Sé que lo que ocurrió entre Keri y yo no funcionará con todos. Ni siquiera pienso que se tengan que salvar todos los matrimonios, pero en mi caso, estaré eternamente agradecido por la inspiración que me vino aquel en el hotel. Me siento agradecido porque mi familia tenga salud, porque todavía puedo disfrutar de mi esposa, mi mejor amiga, la persona con la que me despierto todos los días. Incluso ahora, algunas décadas más tarde, de vez en cuando todavía uno le pregunta al otro, “¿Qué puedo hacer para alegrarte el día?” Escuchar esa pregunta es algo por lo que merece la pena despertar cada día.

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Fuente: Inspiremore
Imagen de portada: MyDa Photo/Shutterstock